jueves, 1 de marzo de 2018

Enséñale a tu hija a amar su cuerpo

Vivimos una época en la que se nos ha formado una consciencia sobre nuestra imagen, muy distinta a lo que realmente es la consciencia corporal. Hombres y mujeres, casi sin excepción, vivimos pendientes de nuestra apariencia y, sobre todo, de cómo perciben los demás esa apariencia. Adornamos y modificamos nuestros cuerpos para agradar a los demás y no para estar saludables y contentos en nuestra piel.

Ya sabemos que “niño ve, niño hace” y, como ahora me voy a referir a nuestras hijas, podemos decir que “niña ve, niña hace”. Esto significa que debemos estar bien conscientes de lo que hacemos y decimos frente a nuestras hijas, no solo las propias, sino cualquier niña que nos pueda estar observando.
Amar nuestro cuerpo debería ser una regla de práctica espiritual. Cuidarlo, apapacharlo para conservarlo sano, funcional y bello; estar conscientes de nuestra corporalidad como lo que nos permite ser funcionales y lograr muchas actividades en el día a día. No adorarlo en términos solo de textura, peso o talla, sino al nivel en que nuestros pensamientos, emociones y sentimientos afectan nuestra salud y rescatan o deterioran la imagen que tenemos de nosotras mismos.

Claro que habrá detalles pequeños o mayores de nuestro cuerpo que quisiéramos mejorar, pero eso no nos lleva al amor propio, no nos hace ser felices en nuestra piel, en nuestra talla, en nuestro peso, en nuestras formas. Un ejercicio profundo para cambiar nuestras percepciones consiste en hacernos cualquiera de los siguientes cuestionamientos y responder desde el equilibrio cuerpo-mente:
¿Qué parte de tu cuerpo no te gusta, odias, criticas o rechazas?

¿Cómo es que aprendiste a sentirte así o a creer esas cosas respecto a tu cuerpo?

¿De qué maneras maltratas, ignoras o dañas tu cuerpo?

¿Si pudieras cambiar u ocultar la parte de tu cuerpo que no te gusta, de qué manera lo harías y cómo crees que te sentirías al hacerlo?

¿Cómo consientes, cuidas y rejuveneces tu cuerpo?

¿Cómo evalúas o interpretas la apariencia de otros?

¿Cómo te gustaría que tu hija (o cualquier mujer más joven) se sintiera respecto a su cuerpo? ¿Cómo te gustaría que lo tratara?

¿Qué pasos te gustaría seguir para tener una relación más sana y hermosa con tu propio cuerpo?

¿Te das cuenta de cómo los cambios que implementes en ti, respecto a cómo te percibes, abrirá o cerrará las posibilidades de que tu hija u otras mujeres a tu alrededor amen y honren su cuerpo?
Puedes hacer este ejercicio varias veces, tratando poco a poco de incorporar algunos cambios que te ayuden a estar en mejor relación y sintonía con tu corporalidad. Ve cada vez más al fondo, integra más cambios y registra lo que vaya cambiando en tu cabeza sobre tu imagen, sobre cómo te sientes en tu cuerpo y respecto a tu cuerpo. Después intenta que tu hija o algunas mujeres en las que ejerces influencia hagan lo mismo.

Vayamos poco a poco formando una tribu femenina orgullosa de ser mujer, libre de vergüenza, libre de cargas mentales, vamos expulsando de nosotras la crítica y la dureza de opinión sobre nuestros propios cuerpos y los de nuestras hermanas, ¡eso nos ha debilitado por generaciones!
Ya es tiempo de recuperar nuestro poder de diosas, amar nuestro cuerpo y todas sus funciones, cuidarlo en devoción, desde el amor, admirarlo y agradecer todas sus capacidades. Amar nuestra piel y disfrutarla, llevarla con orgullo, con felicidad. Hagamos una nueva generación de mujeres que viva libre de hipersexualizar su imagen o de mejorarla a costa de lo que sea. Formemos mujeres libres, felices, seguras, que se amen ellas y amen a otras… en una hermandad de mujeres bellas por dentro y por fuera sin patrones ni fórmulas. Enseñemos a nuestras hijas a amar sus cuerpos.
Fuente: www.mamanatural.com.mx

Los efectos de chuparse el dedo y el chupete más tiempo del recomendable


El reflejo de succión es uno de los reflejos con que los bebés nacen que les sirve para asegurarse el alimento (comer les calma el estómago pero también les tranquiliza a ellos, porque succionan) y que les ayuda a recuperar el estado de calma que se altera por vivir en un mundo que no comprenden donde muchas cosas les asustan.

Para que ese reflejo pueda activarse necesitan algo que succionar, principalmente el pecho materno, que es lo que la naturaleza ha previsto para ello, aunque los bebés que más necesitan succionar pueden llegar a aprovechar la forma de su dedo para hacerlo igualmente, tal y como muchos fetos hacen en el útero materno.
Desde el siglo pasado los bebés cuentan además con los chupetes, un sustituto del pecho materno que no alimenta pero que permite al bebé succionar y recuperar la calma, protector de la muerte súbita sobre todo en los bebés que no toman pecho (los amamantados suelen mamar por la noche, y la lactancia es protectora del SMSL), pero que utilizado por más tiempo del recomendable es nocivo, como lo puede llegar a ser también el dedo. Para que sepan más de todo ello les contamos hoy cuáles son los efectos de chuparse el dedo y del chupete y cómo evitarlos.

Los efectos negativos de chuparse el dedo.

Mientras el bebé es pequeño no hay mucho problema en este sentido, precisamente porque aún es pequeño, aunque la madre debe tratar de ofrecer el pecho para que sea lo que succione en vez del dedo. 

Cuando son más mayores, chuparse el dedo les ayuda a relajarse cuando están nerviosos, a calmarse cuando tienen hambre y aún no reciben alimento y a dormirse. Sin embargo, si se lo siguen chupando más allá de los 5-6 años, cuando aparecen los dientes definitivos, y lo hacen relativamente fuerte, puede alterar de manera sustancial la forma del dedo pulgar (incluso hacerse heridas) y pueden sufrir una importante mal oclusión de la mordida, como ven la foto, en que los dientes se adaptan para permitir el espacio en el que va el dedo.
Los efectos negativos del chupete.

El chupete no debe ofrecerse a un niño amamantado hasta al menos las 4-6 semanas de vida, porque lo ideal es esperar a que primero se establezca bien la lactancia materna y el chupete no interfiera. A partir de ese momento es opcional (como lo es para los bebés que no maman). Algunos bebés lo quieren y otros lo rechazan.

Para los que lo quieren es un buen recurso en los momentos en que el bebé está muy intranquilo si no toman pecho (o si lo toman y no está mamá), aunque depende un poco del niño… 

Los efectos negativos de usar el chupete más tiempo del recomendable son los mismos que en el caso del dedo, la posible maloclusión de la mordida si lo usan más allá de los 5-6 años comentados. Aunque este efecto suele ser menos acusado porque es más blando que un dedo, el chupete afecta en otros aspectos a los niños:

Los niños que usan chupete toman pecho durante menos tiempo.
Los niños que usan el chupete de manera intensa (que no solo lo usen para dormir y calmarse puntualmente, sino en más momentos del día) pueden ver afectado el desarrollo del habla, porque no permite los movimientos lógicos y naturales de la lengua y la boca en el día a día.

Además, los niños que usan demasiado tiempo el chupete pueden sufrir retrasos del habla porque hablan menos y les hablan menos. Al ir con chupete la gente les dirige menos la palabra porque saben que no podrán contestar, y al ir con chupete hablan menos porque ¡no pueden hablar!

Los niños que usan el chupete más tiempo, y no solo para dormirse, sufren un 33% más episodios de otitis.

¿Hasta cuándo dedo y hasta cuándo chupete?

A nivel de mordida, como hemos comentado, el mayor riesgo sucede cuando caen los dientes de leche y van a salir los definitivos. Para entonces lo ideal es que el niño o niña no dependa ya ni del dedo ni del chupete para dormir.
Pero como hemos dicho, el chupete se utiliza para más cosas que para dormir. Por eso la Asociación Española de Pediatría explica en un artículo que lo ideal es que:

Para evitar otros efectos adversos del uso del chupete se recomienda, en todos los niños, limitar su uso hasta el año de vida, lo cual incluye las edades de máximo riesgo del SMSL y aquellas en las que el lactante tiene más necesidad de succionar.

Si se consigue quitar al año, perfecto. Pero si no se consigue, o si ni siquiera se intenta (porque yo creo casi nadie lo quita a esa edad), lo que hay que tratar es de evitar que el chupete se utilice por el día, o dicho de otro modo, limitar su uso solo al momento en que el niño tiene sueño y lo pide para dormir. Así no afectará a la forma de su boca, así tendrá libertad para hablar y así podrá aprender a hacerlo sin un objeto metido en la boca: ¿te imaginas ir por el mundo con un caramelo enorme continuamente? Seguro que hablarías muy poco o nada.
¿Cómo quitar el chupete?

Pues del mismo modo que los adultos nos quitamos los vicios. Dejándolos solo para los momentos en que de verdad los necesitamos y buscando alternativas para dejarlos finalmente. Lo que se suele resumir en no ofrecer, no negar, sustituir, al que podemos además añadir un “hacer crecer”:

No ofrecer: si queremos que el niño deje de usarlo no podemos ir con el chupete detrás de ellos. Para nosotros tiene que, en cierto modo, desaparecer, no pensar en él como recurso, y en consecuencia eliminarlo de nuestro campo visual y, sobre todo, del campo visual del niño: que no lo vea.
No negar: si aunque no lo ve, te lo pide, dáselo. Basta que se huela que no se lo quieres dar, que algo ha cambiado con el chupete, que empieza a ser un “objeto prohibido”, para que aún lo quiera más (“me lo quieren quitar, yo no lo suelto”).

Sustituir: tener controlados los momentos en que sabemos que suele pedir más el chupete y anticiparnos buscando alternativas. Si lo pide cuando salimos a la calle darle alguna cosa de comer o beber, o bajar a la calle con el niño en brazos, hablando, preguntándole cosas, etc. Por la noche, para dormir, intentar que se duerma de otro modo, haciéndole caricias, contándole un cuento hasta que caiga rendido, cantándole una canción…

“Hacer crecer”: este es un consejo para niños que tienen ya 3-4 años en adelante, que va ligado con todos los procesos de “dejar de hacer cosas de bebé”. Si queremos que un niño deje el pañal, si queremos que deje el chupete, si queremos que se comporte como un niño y no como un bebé, tenemos que tratarle como a un niño, y no como a un bebé.
Muchos padres siguen tratando a sus hijos de 4 años como si no los tuvieran, detrás todo el día como si fueran incapaces de tener la más mínima autonomía, y lo que están haciendo es retrasar aún más su desarrollo. Hay que dejarles crecer, hay que dejar que intenten hacer cosas que siempre les hacemos nosotros (porque muchas veces lo intentan y nosotros, para ir más rápido, no les dejamos) y hay que hablarles como a niños y no como a bebés (que el “miau” sea un gato, el “tete” el chupete y el “nene” sea el niño).

Dejándoles crecer, tomar autonomía, se sienten más capaces de dejar aquellas cosas que aún les anclan a etapas anteriores. No hablo de “forzar a dejar”, sino de “ayudar a no necesitar“.

¿Cómo quitar el dedo?

El dedo es menos problemático para el habla porque es raro que un niño vaya con el dedo metido en la boca todo el día. Sin embargo, es más duro que el chupete y es imposible eliminarlo y en consecuencia es más capaz de afectar a la mordida y más difícil de evitar (hay adultos que se chupan el dedo en la intimidad). Los consejos son similares a los comentados con el chupete:

Buscar alternativas que puedan ayudarle a estar tranquilo, como un juguete o muñeco de peluche, o directamente acompañarle hasta que coge el sueño.
Intentar que duerma tan pronto note que tiene sueño: a menudo tardamos y luego cuando van a dormir tienen menos sueño y hacen uso del dedo para “provocarse” la calma y dormirse.

Ayudarle a que hable de sus problemas o frustraciones, para que intente superarlas desde la cognición y no desde la succión… es un ayudarle a crecer y a encontrar otras herramientas para encontrar la calma.
Fuente: Escuela Infantil Pequelandia León

La desobediencia infantil de las primeras etapas

Los bebés comienzan a caminar alrededor del año, mes arriba mes abajo. En ese tiempo, deambulan y aprenden a conocer el mundo que les rodea con mayor o menor prudencia. Hacia los 20 ó 24 meses, no obstante, las cosas empiezan a torcerse ya que, basta que los, padres, le digan “blanco” para que el bebé decida hacer “negro”. No desesperen porque la desobediencia infantil es algo normal a estas edades. Están empezando a darse cuenta de que son personitas y el llevaros la contraria les sirve para hacer ver a todos los que les rodean que están en el mundo y que no quieren que los demás les digan todo el rato lo que tienen que hacer.

¿Y cuánto duran estos comportamientos rebeldes?
Pues te aviso que tendrás que tener algo de paciencia, porque su duración aproximada es entre un año y dieciocho meses. Será un tiempo en el que tienen que vigilarlo muy de cerca, porque intentará coquetear todavía más con enchufes, subirse a las sillas después de habérselo prohibido o dejar de comer lo que, hasta hacía bien poco, comía sin ningún problema. Es una fase por la que pasan todos los niños y que los padres tienen que gestionar con altas dosis de paciencia y firmeza.
¿Cómo hemos de actuar los padres?
Antes ya les he dado alguna pista. Tienen que ser pacientes porque su hijo no se comporta así por capricho, ya que es un periodo real de su desarrollo, sin embargo, eso no deberá significar que le dejen actuar a su libre albedrío. Si le dejan hacer todo lo que él quiere, estarán sembrando las bases para tener un niño malcriado y sin límites que les tomará el pelo dentro de unos años.

Algunas sugerencias que pueden servirles para evitar que esto ocurra:

UNO: actua con firmeza en tus decisiones, no deben titubear cuando le pidan que haga algo o que no lo haga. Si les ve dudar, él será quien decida lo que hacer.

DOS: además, cuando le pidan algo, tendrán que estar todos dos de acuerdo. Papis, porque si nota que hay desavenencias en sus decisiones, él se decantará por el progenitor que más le interese.
TRES: tal firmeza deberá ir acompañada de una explicación y esa actitud deberá mantenerla siempre, si quieren que él la interiorice y la repita más adelante.

CUATRO: si cuando le piden que no se acerque a algún lugar peligroso (como los fogones de la cocina) lo hace, no duden en cogerlo en volandas y apartarlo físicamente del lugar. Y hacerlo cada vez que lo intente. Esta estrategia funcionará si la aplicas de manera constante. No será necesario que vaya acompañada de un cachete ni de enfados de tu parte ya que el simple hecho de moverlos de sitio, será educativo y esclarecedor para ellos.
CINCO: Avisarle un rato antes de lo que vendrá después (la comida, la siesta, etc.) les ayudará a que colaboren algo más en dicha actividad.

Hacia los tres años, esta actitud desafiante desaparecerá y aflorará un niño encantador que lo que desea es agradar, porque sentirá que así lo vas a querer más. Hasta que esto suceda, ten un poco de paciencia y aboca en tu hijo todo el amor.

Espero que este artículo les haya resultado de utilidad, espero tus comentarios. Hasta el próximo post.

Fuente: Maite Cobo

TIPS PARA SOLUCIONAR EL APEGO EXCESIVO DE TU HIJO. "MAMITIS"

Mi hija siempre se iba con casi cualquiera que le echase los brazos (preocupante también), pero cuando comenzó a caminar, parece que lo hizo para poder seguirme a todas partes.

Qué significa “tener mamitis”

Tener mamitis o papitis (también se da, aunque menos) es cuando tu bebé tiene un apego excesivo a su mamá o a su papá. No me refiero a que sea cuando son recién nacidos, que por supuesto que nos necesitan a todas horas, me refiero a que, a medida que crecen esa dependencia no se va relajando sino que va aumentando.

Por qué mi hijo tiene mamitis.
La mamitis es un problema de inseguridad. Y cuando digo problema, no me refiero a un problema de verdad, sino a que los bebés quieren descubrir el mundo, pero a la vez les asusta. Por eso, necesitan un apoyo que les haga sentir seguros. Y, ¿quién mejor que mamá para eso?

También les ocurre que no tienen una noción exacta del tiempo. Para ellos, que te vayas significa que te vas, que no estarás. Da igual que les digas que vuelven en un minuto, para ellos sólo existe el ahora y ahora te vas.

 Cuánto dura la mamitis.
El periodo de la mamitis comienza sobre los 10 meses, y se termina por norma general sobre los dos, tres años.

A los cinco meses, más o menos,  nos buscan para comer, conseguir un cambio de pañales y todo lo demás que necesitan, pero sobre los nueve meses comienzan a sentir verdadera ansiedad cuando se separan de su mamá. Llorar desconsoladamente cuando nos ven irnos, o simplemente, si nos pierden de vista (a que te suena esto).

¿Debo preocuparme por la mamitis?.

La mamitis en sí no es mala. Es un proceso en el desarrollo de tu hijo. Seguramente, sufrimos más nosotras que ellos. Es completamente normal, pero hay que saber distinguir entre estos periodos transitorios de inseguridad, o de apego excesivo, normales en su evolución, de otro tipo de procesos más graves.
Puedes notar que tu hijo tiene más dependencia en las siguientes situaciones:

 La llegada un hermanito


La incorporación al trabajo de la mamá (o el papá)


 El divorcio o separación de los padres


 Empezar el cole


Necesidad de tener control sobre todo lo que le rodea


Desconfianza en desconocidos

Todas estas circunstancias, hacen que tu hijo se sienta inseguro y te necesite, y es totalmente normal.
Cuáles son los signos de “mamitis aguda”.

No ha tenido ningún cambio en su vida, no hay nada nuevo que le haga sentir inseguro, pero aún así:

 Te llama cada dos minutos, y desde que se levanta hasta que se acuesta.

Llora si desapareces de su campo visual

No deja que nadie, salvo mamá, le bañe, dé de comer, acueste ni cualquier otra cosa.

Intenta, durante todo el día, estar en tus brazos o en tus piernas, sin dejarte hacer nada.

Por la noche se despierta llamándote a gritos y sólo te deja acercarte a ti.

Qué hacer cuando tu hijo tiene mamitis
Lo más importante para intentar relajar la mamitis de tu hijo es fomentar su independencia. Al ser la mamitis una consecuencia de la inseguridad, ayudarles a ser independientes, les hará sentirse más seguro en todo lo que hacen.

Esto no quiere decir que la mamitis se solucione dejando a tu hijo solo todo el día. Al contrario, el proceso debe hacerse poco a poco.

Para ayudarle a sentirse seguro, muéstrale todo lo que lo quieres, reconfórtalo y hazle entender que lo entiendes y lo apoyas. Por ejemplo:
 Mantente serena

Aunque tus nervios estén a punto de colapsarse, mantén la calma. No debe verte perdiendo los papeles o hecha una furia. Verte así, lo que hará es asustarlo y que se sienta más inseguro aún.

Déjalo a su aire.

No lo sobreprotejas. Tenerte todo el día encima lo hará más dependiente. Cuando vayas al parque déjalo jugar con otros niños o simplemente en su habitación él solito. No le quites ojo de encima, pero discretamente.

Despídete siempre.
No te escabullas, ni te vayas sin decir nada. Tampoco le digas que vuelves en unos minutos, si sabes que vas a tardar horas, te esperará y, el ver que no llegas, se angustiará. Cuando tengas que irte, aunque creas que es demasiado pequeño, despídete y explícale que te vas. Puede que no te entienda, pero verte con una sonrisa, le tranquilizará.

 Actividades en grupo.

Deja que participe en juegos con otras personas en las que tú no seas el centro. Ver a otras personas al mando, en un entorno divertido y distendido, le ayudará a confiar y crear lazos con otras personas.

Aléjate poco a poco.

Puede que no arranque a jugar solo, está bien que lo ayudes. El truco está dejarlo poco a poco solo. Empieza jugando con él, haz que se concentre en algo. Mientras que está en ello, sal de su campo visual un momento, pero sin dejarle de hablar. Repite hasta que llegue el momento en el que esté en su mundo y ya ni se acuerde de que andas por ahí.

Vuelve y cómetelo a besos.

Al volver, muéstrale que lo has echado de menos. Al igual que al irte, el mostrarle tu cariño, hará que el momento no sea ni traumático ni problemático. Así sabrá que, aunque hayas estado sin él, para ti siempre va a ser una alegría verle.
Qué empeora la mamitis.

Puede que lo hagamos con buena intención , pero hay cosas que no debemos hacer por nuestros hijos:

 Hacerle cosas que puede hacer por sí mismo.

Puede que sea lo que nos piden o que, simplemente, tardemos menos haciéndolo nosotras, pero no es la mejor opción. Ya no es que deba aprender a comer o vestirse por sí mismo, también les ayuda a desarrollar su independencia.

 No dejarle jugar solo
No sé ustedes, pero muchas veces, he tomado la casa muy en silencio (¡miedo!) y me he acercado a ver qué andaba haciendo mi peque. Algo normal. El problema es que, ya que vas, le preguntas, le hablas y le partes su juego y su ratito de intimidad.

Tenemos que vigilarlos, pero discretamente. No deben notar que estamos pendiente de ellos, o requerirán nuestra atención aunque no la necesiten.

 Hacerles chantaje emocional.

Muchas veces lo hacemos sin darnos cuenta. Frases como: “Si no dejas de llorar me voy a tener que ir” o “Te vas a quedar ahí solo hasta que dejes de llorar”. Intentamos que se porte bien, pero, recuerda, los más pequeños no entienden de ahora, después o en cinco minutos. Solo escuchan que te vas o que se va a quedar solo y eso hará que todavía se aferre a ti mucho más.

Ignorarle o despreciarlo

Sé que es complicado estar haciendo algo que requiere concentración y que tu hijo no pare de llamar tu atención, pero no lo ignores. Respira hondo, sonríe, dile una frase coherente con lo que te dice e incítale a seguir por su cuenta.

Seguro que no soy la única que ha respondido vagamente y al segundo a tenido a su hija agarrándole la cara y diciendo: “Mamá mírame. Mírame, mamá”

Conclusión.

Tanto la absoluta indiferencia, como la atención excesiva son contraproducentes. Como decía mi abuela (y Aristóteles): “En el punto medio está la virtud”.

¿Podemos ser amigos de nuestros hijos?

¿Pueden ser los padres amigos de sus hijos? La respuesta es que no deben. Los padres pueden ser cercanos a sus hijos obviamente, tener una gran empatía con ellos, conocerlos profundamente, pero no se pueden colocar al mismo nivel. La amistad se da entre pares, y aquí no se da el caso. Debe haber una jerarquía que el niño debe entender y respetar. Cada uno tiene un rol bien distinto en esta relación, que se debe respetar por parte del otro. Por mucho buena sintonía que haya entre ambos, cada uno ocupa su papel y además por todo el tiempo. Una persona sí puede ser amigo de su jefe, ya que no todo el tiempo se ocupan los roles de jefe y empleado, pero en el caso que nos atañe, no hay tiempos de desconexión: el hijo es todo el rato hijo y el padre padre.

Por otra parte para el niño es necesario respertar unos límites y ver en el adulto a alguien a quién hay que admirar e incluso imitar, y si éste se pone muy cercano es fácil que el mito y el modelo a seguir se desmoronen. Los hijos son hijos y deben comportarse como tal con respecto a sus padres. Y por mucha cercanía y afecto que haya, en algún punto cada uno ocupará su rol, tanto para los buenos momentos como para los malos. 
Esto no quiere decir que no se pueda tener una relación cálida y cercana entre ambos, es lo más aconsejable y lógico. Lejos ha quedado la imagen de aquellos padres lejanos, con quienes se tenía una relación fría, distante, en la que había incluso temor hacia ellos. Que haya confianza y que los hijos sepan que cuando necesiten algo pueden contar con sus padres es fantástico. Que los padres sepan generar ese canal de comunicación con los hijos es maravilloso. Eso es amor, confianza, cercanía, buen ambiente, todo muy útil, tremendamente positivo y genera confianza entre los niños. Pero en cambio, ponerse a nivel de amistad con los hijos no resulta pedagógicamente adecuado: un amigo puede ser como un padre, pero no es tan fácil que un padre pueda ser como un amigo.
Fuente: Happy.mente

Detrás de cada niño que cree en sí mismo, hay unos padres que creyeron en él primero

Las alas de nuestros pequeños comienzan a tejerse cuando creemos en ellos, cuando confiamos en su verdad, en sus ilusiones y en sus capacidades. Por eso es esencial que juguemos el papel de mentores, de costureros de sueños, de elegantes padrinos de utopías infantiles. Los padres deben entender que un día sus hijos seguirán su ejemplo y no sus consejos.

Hay una razón por la que las consultas de psicólogos infantiles y pediatras están llenas de imágenes de personas notables y famosas que por una u otra razón todos admiramos, incluso ellos. La razón es simple: los niños necesitan saber que, a pesar de todas las dificultades que entrañe la vida, pueden llegar a lograr lo que quieran.
Por eso, si tu pequeño tiene dudas, si las dificultades le están haciendo mella en su autoestima y no sabes cómo hacer que se sienta bien, es hora de ayudarle a abrir su cofre, de que él pueda ver que de verdad el mejor tesoro está muy cerca de él.

El aprendizaje autorregulado y la inteligencia emocional

Podría decirse que la piedra angular de la inteligencia emocional es el aprendizaje autorregulado. Esto significa que las estrategias que un niño logra desarrollar en la evolución de su aprendizaje generarán un mayor bienestar interno y, por ende, una mejor comprensión de las emociones propias y ajenas.
Las competencias emocionales predicen el éxito vital de nuestros niños de manera más fiable que el rendimiento académico pero, sin embargo, ese razonamiento no debe servirnos para plantear que es más importante un buen desempeño socioemocional que académico.

Si nos paramos a pensar con cierto detenimiento, nos daremos cuenta de que nuestros niños y jóvenes, al igual que nosotros lo hicimos, están inmersos en la educación reglada durante prácticamente los primeros 18 años de su vida.

Esto, sin duda, no puede obviarse. Desde lo escolar o lo académico se articula su crecimiento emocional. Habitualmente pasan más tiempo en la escuela o realizando tareas relacionadas con ella que en el parque. Al margen de que apostemos porque esta realidad cambie en ciertas etapas de la infancia, no deja de ser la realidad a la que hemos ajustado nuestro estilo de vida.
Por eso un niño debe aprender a identificar y reflexionar sobre sus pensamientos, sus fortalezas y sus debilidades. Por eso es indispensable ayudarles a lidiar con los sentimientos que genera no entender algo, no ser capaz de estar concentrado, no saber solucionar los problemas, etc.

Si los niños saben cómo regular de la mejor manera su aprendizaje, este constituirá un proceso activo y constructivo. No es una utopía que nuestros pequeños sepan monitorizar, regular y controlar sus pensamientos para lograr una motivación y un comportamiento acorde con los objetivos que se plantean.
Si un niño cree que podrá aprenderse las tablas de multiplicar, logrará hacerlo. Pero para ello tiene que recibir mensajes alentadores desde el exterior y, sobre todo, de sus padres, hermanos, abuelos y profesores.

Esto es, en esencia, lo que en psicología se conoce como “Efecto Pigmalion”. Es decir que las expectativas que transmitimos determinarán la consecución de los logros, más aún cuando padres y profesores son la referencia adulta más importante de los pequeños.

No estamos hablando de un “querer es poder” mágico y en exceso optimista. Estamos hablando de no cortar las alas, de enseñarles a volar y de que aprendan que todas las estrategias que elaboren son válidas, porque no hay una sola manera de hacer las cosas bien. Así, aunque el sistema educativo les “obligue” a llegar a un resultado por determinada vía, lo que tienen que comprender es que la experimentación es un requisito indispensable para el aprendizaje.
Se trata de que, día a día, niños y niñas, padres y madres, profesoras y profesores, comprendan que aunque tengamos que enseñar a los pequeños a seguir unas normas académicas, fuera de estas también se puede pintar, escribir, actuar, observar, hablar… Todo camino autónomo genera confianza y, ésta, siempre es acompañada por la perserverancia.

¿Qué podemos hacer para fomentar la autoestima infantil?

Estamos tan obsesionados por crear la burbuja del bienestar adulto que se nos ha olvidado la importancia de sembrar la autoestima infantil. Es muy importante que nuestros pequeños crezcan en un mundo de adultos equilibrados, pues será lo mejor que les podamos transmitir.
Hablarles bonito: hablar bonito a nuestros pequeños significa hablarles con cariño, paciencia y de manera positiva. Si lo hacemos, les ofreceremos a nuestros pequeños el mejor modelo y lograremos que equilibren sus afectos.

Contarles historias que fortalezcan sus habilidades introspectivas. Los niños deben entender que es de importancia vital no dejar en el olvido lo que pensamos, lo que sentimos y cómo nos comportamos. A través de la comunicación llegamos al conocimiento de las personas (del yo y de los demás) y de las cosas. Esto nos facilita la comprensión del mundo en el que habitamos.

Mejorar su diálogo interno: esto lo conseguiremos diciéndoles cosas agradables sobre sí mismos así como corrigiendo los comentarios negativos que se haga a sí mismo.

Elogiar y no ridiculizar: se trata de resaltar, reforzar y reconocer sus comportamientos positivos. En este sentido hay una regla de oro: los elogios en público, las críticas en privado.

Ayudarles a tolerar las frustraciones y enseñarles a sentirse orgullosos de sus logros.

Garantizar que se sientan importantes e indispensables en la familia.

Evitar la sobreprotección y favorecer una correcta socialización con sus iguales.

Educar en el ejemplo: los padres deben ser un buen modelo de autoestima.

Fomentar la flexibilidad mental para garantizar la creatividad: hay cientos de maneras de hacer las cosas, dejemos que los niños descubran la suya.

Ayudarles a marcar metas y a ser más autónomos.

Valorar sus opiniones; los niños no pueden pensar que su opinión no cuenta. Debemos tener en cuenta sus indicaciones y apetencias de acuerdo a su edad. Esto lo conseguimos dialogando y debatiendo con ellos, es decir, haciéndoles sentir escuchados.

No queremos niños que tengan que ser perfectos porque no queremos cultivar la soberbia; queremos niños que se quieran y confíen en sí mismos y en su potencial; que sepan, en definitiva, que al ser ellos podrán triunfar.

5 técnicas para controlar la impulsividad infantil

Lidiar con un niño impulsivo no es fácil ya que cuando menos lo esperamos tiene una rabieta o ha dejado a medias la tarea para ir a jugar. En ocasiones los padres sienten que nada funciona: han probado con los castigos, las reprimendas y con una actitud más permisiva pero todos estos intentos por controlar los impulsos del niño han sido en vano. ¿Qué hacer?


Ante todo, considera que los niños impulsivos no actúan de manera impetuosa y desobediente porque quieren, sino porque no logran controlarse. De hecho, muchos pequeños cometen una y otra vez las mismas infracciones y ni siquiera pueden explicar por qué. Por eso, la regla de oro para controlar la impulsividad infantil consiste en comprender al niño, lo cual no significa que debes tolerar sus malos comportamientos sino que es necesario hacer acopio de mucha paciencia.
¿Cómo controlar la impulsividad en los niños?

1. El volcán

El objetivo de esta técnica consiste en enseñarle al niño a identificar las emociones que acompañan sus comportamientos impulsivos, lo cual le permitirá tomar conciencia de sus propias sensaciones y, en un segundo momento, controlarlas. 

Aplicar esta técnica es bastante fácil: cuando el niño esté tranquilo le pedimos que imagine que en su interior hay un gran volcán que representa toda su energía y vitalidad. Después le explicamos que cuando esa energía es muy intensa y está muy ansioso o enfadado, es como si el volcán comenzara a calentarse, se descontrola y tiene una gran erupción. 

Cuando notes que el pequeño está comenzando a agitarse, pídele que visualice el volcán. De esta manera le ayudarás a tomar conciencia de las emociones que anteceden al estallido de impulsividad y, por consiguiente, podrá detenerlas antes que sea demasiado tarde y pierda completamente el control.
2. El semáforo

El objetivo de esta técnica es proporcionarle al niño una especie de retroalimentación que le permita mantenerse más atento a sus emociones y a su nivel de activación.

Su aplicación también es muy simple: pacta un código que le sirva de señal para determinar su nivel de activación. Por ejemplo, puedes tomar como referencia los colores del semáforo, la señal verde indicará que todo está bien, la amarilla que ha comenzado a exaltarse un poco y la roja que ha pasado los límites y debe detenerse. 

También puedes probar con sonidos o movimientos, la idea básica es que la señal que envíes sea relevante para el pequeño y le sirva para autocontrolarse. 
3. Técnicas de relajación

Existen diferentes técnicas de relajación que ayudarán a tu pequeño autorregular  sus emociones. Por la noche o antes de que tome la siesta, puedes aplicarlas y verás cómo se despertará mucho más relajado.

Vale aclarar que cuando el niño es muy pequeño, puede que estas técnicas no funcionen muy bien así que debes adoptar otras estrategias, como crear rituales relajantes: leerle un cuento, cantarle una canción o darle un baño caliente. 

Técnica de relajación del globo:
Paso nº 1 
Indica a los niños que se sienten en el suelo. Asegúrate de que entre niño y niño exista una distancia para que no se molesten mientras realizan la actividad. Luego toma un globo y muestra cómo se infla pero hazlo de manera tal que el globo explote de tanto que lo has inflado. 

Paso nº 2 
Pídeles a los niños que cierren sus ojos e imaginen que se convierten en globos. A medida que van inhalando aire, ellos se inflan como si fuesen globos. Luego y muy pausadamente pueden desinflarse solamente exhalando. 

Paso nº 3 
Luego de hacer esta práctica, pide a los niños que abran suavemente sus ojos. Pregunta lo siguiente: ¿En qué situaciones han sentido que son “como globos” y deben soportar o tolerar algo? ¿Cómo han resuelto esa situación?

4. Técnicas para canalizar la energía

El ingrediente básico de la impulsividad es el exceso de energía, pero podemos usarla a nuestro favor. ¿Cómo? Canalizándola a través de tareas productivas. De hecho, la clave para controlar la impulsividad infantil consiste en saber adelantarnos al punto de no retorno, ese momento en el cual el niño pierde el control.
Una buena idea consiste en apostar por actividades extraescolares que le permitan liberar toda esa carga de energía, como puede ser el deporte. No obstante, en casa, puedes crear un espacio donde puede liberar esa energía sin comportarse de manera grosera ni causar daño. Así, cuando notes que está exaltado, pídele que se retire a ese lugar y que regrese una vez que se haya calmado. En ese lugar le está permitido gritar y saltar ya que la idea no es que reprima sus emociones sino que aprenda a expresarlas sin herir a los demás o a sí mismo.
5. Actividades para potenciar la atención

Muchos de los niños impulsivos también tienen problemas para concentrarse, lo cual dificulta su aprendizaje. Por eso, es conveniente que le propongas diferentes tareas que fomenten la atención. Por supuesto, tendrás que buscar actividades que le resulten motivadoras ya que de lo contrario será difícil que le puedas mantener sentado durante un periodo de tiempo muy largo. Los juegos de mesa, como el ajedrez y las damas suelen ser una excelente opción, siempre y cuando sepas despertar su interés por ellos.