lunes, 2 de abril de 2018

El juego libre cablea neuronalmente el cerebro y lo prepara para el éxito social y académico


Cuando se trata del desarrollo del cerebro, el tiempo en el aula puede que sea menos importante que el tiempo en el patio de recreo.

“La experiencia del juego cambia las conexiones de las neuronas en la corteza prefrontal del cerebro” -afirma Sergio Pellis, investigador de la Universidad de Lethbridge en Alberta, Canadá- “y sin experiencia de juego, esas neuronas no cambian”.

Son esos cambios en la corteza prefrontal durante la infancia los que ayudan a conectar neuronalmente el centro de control ejecutivo del cerebro, que tiene un papel fundamental en la regulación de las emociones, en la capacidad para planificar y en la resolución de problemas, dice Pellis. Así que el juego -añade- es lo que prepara a un cerebro infantil para la vida, el amor y hasta para la escuela.
Pero para producir este tipo de desarrollo del cerebro, los niños necesitan dedicar suficiente tiempo al juego libre: ni entrenadores, ni árbitros, ni reglas externas -afirma Pellis.

“Ya se trate de juegos rudos o de dos niños que decidan construir un castillo de arena juntos, los propios niños tienen que negociar, bueno, ¿qué vamos a hacer en este juego? ¿cuáles son las reglas que vamos a seguir?” dice Pellis. El cerebro construye nuevos circuitos en la corteza prefrontal para ayudarle a navegar en estas complejas interacciones sociales, dice.
Aprender de los animales

Mucho de lo que los científicos saben acerca de este proceso proviene de la investigación sobre las especies animales que participan en el juego social. Esto incluye gatos, perros y la mayoría de los otros mamíferos. Pero Pellis dice que también ha visto juego en algunas aves, incluyendo jóvenes urracas que “se agarran unas a otras y empiezan a luchar en el suelo como si fueran cachorros o perros”.

Durante mucho tiempo, los investigadores pensaron que este tipo de juego rudo podría ser una manera de que los animales jóvenes desarrollen habilidades como la caza o la lucha. Pero los estudios en la última década sugieren que no es el caso. Los gatos adultos, por ejemplo, no tienen problemas para matar a un ratón, incluso si se les ha privado de jugar cuando eran gatitos.
Así que investigadores como Jaak Panksepp de la Universidad del Estado de Washington han llegado a creer que el juego tiene un propósito muy diferente:

“La función del juego es construir cerebros prosociales, cerebros sociales que sepan cómo interactuar con otros de forma positiva”

Panksepp ha estudiado este proceso en ratas, a las que les gusta jugar e incluso producen un sonido distintivo que él ha etiquetado como “risa de rata.” Cuando las ratas son jóvenes, el juego parece iniciar cambios duraderos en las áreas del cerebro utilizadas para pensar y procesar las interacciones sociales, dice Panskepp.
Los cambios implican activar y desactivar ciertos genes. “Encontramos que el juego activa toda la corteza cerebral”, -dice- “y que de los 1.200 genes que medimos, aproximadamente un tercio de ellos cambiaron significativamente simplemente por tener media hora de juego”.

Por supuesto, esto no prueba que el juego afecte a los cerebros humanos de la misma manera. Pero hay buenas razones para creer que sí, dice Pellis.
Por un lado, dice, el comportamiento del juego es notablemente similar entre las especies. Las ratas, los monos y los niños se adaptan a reglas similares que requieren que los participantes tomen turnos, jueguen limpio y no inflijan dolor. El juego también ayuda a las personas y los animales a ser más competentes socialmente, dice Pellis.

Y en los niños -dice-a ventaja añadida es que las habilidades asociadas con el juego conducen en última instancia a mejores calificaciones. En un estudio, los investigadores descubrieron que el mejor predictor de desempeño académico en octavo grado era la destreza social del niño en tercer grado.

Otro indicio de que el juego es importante, dice Pellis, es que “los países en los que se tiene más tiempo de recreo tienden a tener un rendimiento académico más alto que los países en los que el recreo es menor”.

Traducido del artículo:
How Play Wires Kids’ Brains For Social and Academic Success

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